martes, 15 de marzo de 2011

Ya sólo habla con ella


Dolía el aire frío clavándose en la garganta; los suspiros del viento y la ausencia de ella. Dañaba su imagen en mis pupilas cerradas, la sensación de perderla. Tenía la impresión, casi la convicción absoluta de que ella andaba ya lejos –más de lo que yo hubiera deseado, o aún deseo-, en parajes desconocidos de localización inexistente que parecían vivir un día y esfumarse al otro. La amaba más de lo que quería. Tal vez, simplemente, quería no quererla.

Tras la ventana llovía y, a cada gota de agua su rostro se diluía, formando parte de un lugar abandonado de la memoria. De pronto sentí mucha pena. Sentí pena por pensar y llegar a la conclusión de que, realmente, las personas más especiales, aquellas que ahondan y de las cuales esperas un futuro brillante, se pierden ante el desfile inmortal de los segundos.

Sentí miedo, de repente, porque cavilé que allá donde ella estuviera sería mejor que esto, y sentía el pavor del que se piensa solo en una ciudad sin sentido. Miraba a las esquinas y tenía la certeza de que allí ya no había nada que descubrir; no había misterios. Éramos el resultado de una historia que se había esforzado por conducirnos a esto, y me pregunté si realmente nos sentíamos orgullosos con el resultado.

Coches, ruidos, y vacíos que pretendían ser sustituidos a cada paso. Cada vez estaba más seguro de que nuestra existencia estaba marcada por los vacíos. El amor fingido en los baños de una discoteca, los besos que saben a alcohol, las miradas lascivas a cuerpos exuberantes que se olvidan al poco, escapadas furtivas, deseos de aspiración taponados con una realidad que nos impide avanzar. Al fin y al cabo, buscamos continuamente algo que ocupe nuestros vacíos y siempre debemos conformarnos con los que nos toca. Qué penosa y pasajera es nuestra función como títeres en este escenario inmenso, casi eterno. No somos más que maquinaria absurda que el mismo mundo despacha cuando somos inservibles; cuando nuestro cuerpo ya es viejo e incapaz.

Dejó de llover y la tormenta no se la llevó del todo, porque pude imaginar su cuerpo desnudo, recorrer con los dedos su vientre y perderme entre el recuerdo de un aroma que no estoy seguro de haber olido nunca.

A veces me preguntaba si seguiría viva, esperanzado, aunque ella andaba muerta hacía ya mucho tiempo; no esa muerte de ojos blancos y piel fría, sino la que se lleva por dentro, la que realmente te arranca la vida con deliberada parsimonia. Yo la abrazaba y ella se contentaba con eso, decía que yo era su vía de escape, su billete de ida a la felicidad.

Eso, creo, es todo lo que consigo recordar tras su marcha.

Era natural de Huelva, hizo su vida en demasiadas ciudades y se llamaba Beatriz Quiroga.

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