
Bien, y este es un tema muy cliché. Ya todos lo sabemos.
El amor. El amor está en el aire. Todo lo que necesitas es amor. El amor nos eleva. Y demases.
Pero bien, ¿qué es el amor?
Esto no pretende ser, cuanto menos, uno de esos textos científicos que quieren explicar por qué el amor no es más que otra sensación como la de que te pique una pierna, o que tengas cosquillas en la barriga. Seamos sinceros, puedo decir que el amor es una de esas conexiones, oquéséyo entre neuronas que aumenta la producción de asaberqué en nuestro cuerpo y que eso nos hace sentir mejores personas, blablablá. Para ser certera, ni yo sé de qué va esta parrafada que pienso soltar sobre el amor, pero la cuestión es que me siento melancólica y me apetece escribir una humilde opinión sobre ñoñeces y todo lo que le rodea.
No sé deciros el porqué de que el amor nos importe tanto como nos importa, seamos conscientes o no. La cuestión es que, queramos o no, el amor nos cambia. El amor nos cambia y no, por lo general no es para bien.
El amor nos hace dependientes. Nos hace dependientes de pequeños. Prácticamente estamos genéticamente diseñados para amar con locura a nuestra madre, o a nuestro padre, pasa así tener una excusa real de dependencia absoluta. Un poco más tarde, amamos a nuestros amigos, el ansia de salir y relacionarnos, y encontrar apoyo fuera de casa, alguien que se encuentre a nuestro mismo nivel y nos comprenda. Finalmente, nuestro corazón nos exige la demanda del sexo y de ese feeling que nos enseñan en las películas. Nos hacen sentir que realmente necesitamos el amor.
Por amor, en reglas generales, somos egoístas. Dejamos al mundo de lado por la persona que amamos, exigimos ciertas actitudes del otro que no pediríamos a nadie más. Imponemos, prácticamente coaccionamos y requerimos ciertos hábitos o normas de conducta para considerar si son aptos de ser profesados por nuestro amor. Esto, evidentemente, es bidireccional, por lo que nosotros mismos debemos cumplir con las expectativas del resto.
¿Podemos vivir sin amor?
Esta pregunta es relativamente fácil de contestar si por la idea de amor entendemos cualquier cosa en la que nos volquemos o que ansiemos más que nada. El amor a una religión, a la enseñanza, a la carrera de toda una vida… A fin de cuentas, se puede “amar” a muchas cosas.
Pero, y si por amor entendemos, única y exclusivamente, la necesidad de ese otro yo; de esa media naranja. En ese caso, ¿se puede vivir sin amor?
Evidentemente, el cuerpo humano es un organismo independiente sustentando en alguna otra sustancia existentes en la tierra, como son el oxígeno, las grasas, las proteínas, y un largo etc. Objetivamente sólo nos necesitamos a nosotros mismos.
Yo no soy ninguna especie de psicóloga, ni pretendo serlo, para la cuestión aquí es si podemos ser felices sin amor. Y, por feliz, me refiero al máximo exponente de felicidad. Creo que biológicamente, las personas tienden al amor. El amor es una estrategia bien diseñada para llegar al fin de la reproducción. El amor se hace tanto o más necesario que el sexo porque, a fin de cuentas, nos crearon para eso: para volver a crear y que la vida continúe a nosotros mismos.
No obstante, el ser humano ha llegado a un punto de razonamiento y desarrollo de la mente en la que tal vez puedan suplirse estas necesidades primarias por otras. Llamémosla placebos, o como nos plazca. Pero entonces, ¿por qué una monja de clausura es capaz de mantenerse virgen durante toda su vida sin prácticamente sentir la necesidad de la carne? Aquí es donde entra el juego la razón, y su capacidad para sustituir y saciar por un camino aquello que no obtienes por el otro. En este caso, el amor a Dios y la satisfacción que produce la sensación de estar haciendo justo aquello en lo que crees, suple a todo lo demás. Aquí es nada. Es el punto exacto en el que el ser humano es capaz de superponer el razonamiento a la propia naturaleza. Nos hemos convertido en unos seres tan fuertes que ni la Madre Tierra es capaz ya de jugar el papel definitivo, y queda relegada a un segundo plano.
Y es que nuestra razón nos da conciencia, y la conciencia es la mejor o la peor baza, según se mire. Por conciencia podríamos no amar, o dejar de hacerlo, al marido de nuestra hermana, a la novia de nuestro primo, o a saber.
Evidentemente, poder hacerlo no implica el hecho de que todos los individuos lo hagan, o que sean capaces. Lo que sí que creo es que el amor, que a fin de cuentas era el tema del que estábamos hablando, en esencia es un sentimiento que nos viene de fábrica; no es una necesidad fisiológica pero sí psicológica, nos encerramos en que el amor es puramente necesario. No obstante, años de evolución han tenido que servir para algo, y si un ser humano ha aumentado tan brutalmente en apenas unos miles de años de existencia sus años medios de vida, estoy segura de que ha desarrollado la posibilidad de poder existir, y existir feliz, sin tener que amar. Tal vez, y es aquí donde no me siento tan segura al hablar, se necesite un sustitutivo, algo que aporte de otro modo lo que el amor aportaría. De todos modos, como ya mencioné anteriormente, este es un tema que se escapa de mis manos.
En resumen, volver a recalcar que no pretendo dar una idea real de esto. Soy consciente de que todo esto son hechos estudiados ya de sobra, simplemente quería dar mi punto de vista (aunque sin aclarar demasiado) sobre un tema que creo nos concierne a todos.
Fuente imagen: http://sayo-of-the-sand.deviantart.com/art/By-heart-163384033?q=boost%3Apopular%20heart&qo=252
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